lunes, 10 de octubre de 2011


Gobernanza

Por: Luis Carvajal Basto

Con otra crisis mundial en la puerta de nuestras casas y las instituciones de gobierno más desacreditadas que nunca, pocos parecen recordar que la debacle financiera fue posible por falta de eficiencia y gestión gubernamental y no por exceso de ellas.

Mientras se empieza a temer una recesión mundial que podría desencadenarse si los Estados Unidos  y Europa no despegan, los economistas en el mundo han encontrado diferentes explicaciones. Estas van  desde que hemos llegado a los confines de la capacidad de las sociedades para endeudarse, hasta, como lo recoge  el periodista  español Iñaki Gabilondo, los límites de un modelo que no puede subsistir si no crece. En verdad, quien crece no es el modelo sino, nuestras necesidades. No se trata de un precepto teórico. ¿Estará la respuesta a la crisis solamente en medidas como refinanciar los bancos o reducir las tasas de interés?
La realidad es que las causas son múltiples, pero tienen un común denominador, digamos, extraeconómico: la incapacidad de los gobiernos para garantizar condiciones propicias para el crecimiento con bienestar, como sí se hubieran convertido, para algunos, en una camisa de fuerza que constriñe el desarrollo tecnológico y la dinámica de la globalización, mientras para otros se trata de que no regulan suficientemente. Pareciera llegado el momento en que la globalización confronta con un formato de Estado nacional que la frena o no es capaz de gobernarla.
Mientras tanto, los gobiernos deben lidiar con los problemas de la economía que, en sentido estricto, hoy, escapan a su alcance nacional. El  desempleo en Estados Unidos, por ejemplo, no se puede entender sin comprender las razones del bajo precio de los productos chinos, los cuales tienen que ver con su particular estructura de costos y su manejo cambiario y están fuera del alcance del mismo gobierno norteamericano.
La palabra de moda es desconfianza. En las inversiones que generan empleo, en la capacidad de restablecimiento  de los bancos que prestaron a gobiernos que no tienen como  pagar o en lo que hacen estos con los recursos que reciben como impuestos. En un momento así, ¿Será  “sálvese quien pueda” la respuesta adecuada? Pues eso parecen pensar quienes ante la eventualidad de un naufragio ponen candado a los botes salvavidas o amarran las manos de los gobernantes, como en Estados Unidos, también por desconfianza promovida por intereses políticos.
La desconfianza y las malas expectativas no son un asunto estrictamente económico pero determinan el rumbo de la economía. En la situación actual, ambas dependen de la capacidad    de los gobiernos y la calidad de la política, que son susceptibles de transformaciones y mejoras y eso es responsabilidad de los ciudadanos y no solo de las élites.
Quienes argumentan que nuestro modelo de sociedad llegó al límite, parecen olvidar que fuimos capaces, en el último siglo, de atender las demandas de un mundo que pasó de 1000 a 7000 millones de habitantes haciendo posible que, si bien no hemos podido superar la pobreza, tengamos unas expectativas de vida superiores a las de entonces. La  escasez de recursos es inversamente proporcional a  la productividad y el desarrollo tecnológico, contra los cuales se estrellan, afortunada y permanentemente, las “teorías” de los límites.
En vista de que no se pueden entender empresas, utilidades y empleos sin una sociedad en la cual funcionen y esta, a su vez, sin unos mínimos de convivencia garantizados por las leyes, los gobiernos y el sistema político, no es posible encontrar soluciones en el actual periodo de pre crisis con gobiernos desprestigiados o moralmente incapacitados por el azote de la corrupción, el despilfarro o cualquier otra razón.
Para solucionar la crisis de la economía no tenemos alternativa diferente a la mejora, actualización y fortalecimiento de la política y las instituciones de gobierno. Siempre será mejor una nueva gobernanza que el caos. Tarde o temprano tendremos que tomar al toro por los cuernos.

lunes, 3 de octubre de 2011


Petro puede ser alcalde

Por: Luis Carvajal Basto

Ello no garantiza que la ciudad será mejor administrada, es "solamente" lo que dicen las encuestas, menos una, y la tendencia, faltando muy poco para la elección.

El polismo puede repetir alcaldía a pesar de la debacle de Bogotá y de ese partido, que empieza a corregir la plana con la nueva alcaldesa.
La mayoría de encuestas le dan a Gustavo Petro una ventaja que duplica el margen de error en la campaña por la Alcaldía de Bogotá. Quiere decir, ni más ni menos, que si nada cambia tanto , será elegido, luego de una campaña centrada en la imagen y no en los programas, cuya otra característica importante es la pérdida de protagonismo de los partidos.
Una encuesta de Datexco publicada ayer, disidente de todas las demás y que fue realizada entre el 23 y el 27, antes de la adhesión de Mockus a Parodi, no deja de ser significativa y mereció primera página en El Tiempo. Vale recordar que, en pleno furor de la ola verde, la misma firma pronosticó el triunfo de Mockus en las Presidenciales publicando una encuesta realizada solo en las capitales, a la cual se le quiso dar dimensión nacional. Después, el triunfo de Santos se encargó de desvirtuar la encuesta y el despliegue que tuvo.
El mensaje de las encuestas es que Petro ha sido quien, hasta ahora, ha jugado mejor sus cartas o se ha equivocado menos que sus competidores. Está sintonizado con una corriente de opinión que lo identifica como su candidato: el Polo y un sector del Liberalismo. Tiene los votos que antes eligieron a Garzón y a Samuel Moreno.
El asunto es sencillo y no es cuestión de gustos: históricamente, Bogotá se ha dividido en dos corrientes de opinión. Petro tiene una, para él solo, mientras sus competidores dividirán votos, en el mejor de los casos, por dos, pudiendo ser tres o más y, en esas condiciones, es difícil que pierda.
Pero para llegar hasta aquí se ha necesitado de una sumatoria de equivocaciones por parte de sus competidores, siendo el más significativo Peñalosa, quien no se ha podido deshacer del negativo en su imagen, la cual se deteriora a medida que se acerca la fecha de elección y apostó todo al respaldo del ex Presidente Uribe sin considerar que si existe un lugar en donde su popularidad no puede ser endosada es precisamente Bogotá, tal y como se observó hace cuatro años. La fotografía de Uribe, cargándole megáfono a Peñalosa, le hizo subir cuatro puntos apenas y puede ser el mejor símbolo de su respaldo, pero también de la sobreestimación de un concepto, tan importante como equivocado, en una campaña.
El apoyo de Mockus a Gina Parodi es una demostración de desprendimiento y realismo político; la cuota inicial para la reconstrucción de la ola verde no Uribista, etc., pero le quita tantos votos a Peñalosa como a Petro, sin alcanzarle para superar a este, hasta ahora.
El respaldo de Mockus, sin embargo, le ha servido a Parodi para situarse delante de sus competidores generacionales, Galán y Luna, a quienes les quedan las opciones de unirse a ella, consolidar la candidatura de Galán o hacer una declaración , tan digna como inútil, en el sentido de ir hasta el final, reconociendo su derrota por anticipado. A estas alturas, como dice el ex Alcalde Jaime Castro “se acabó el recreo”. Es la hora de las definiciones.
Por supuesto que faltan menos de treinta días, los cuales, dependiendo de las estrategias y de cómo les vaya, serán largos o cortos. Desarrollando una conducta, según la cual cuando la ciencia no alcanza recuperamos la fe, pedimos un milagro o buscamos a un mago, se puede esperar el uso de recursos de toda índole, limpios y sucios, esperando consolidar o reversar la tendencia que se observa.
Argumentos como el costo de las losas de Transmilenio, el Chavismo de Petro , su pasado, su papel en las dos elecciones anteriores y su participación en esos gobiernos, los rumores de sus relaciones con los Nule y la “traición” de Gina a Uribe, así como su inexperiencia, harán parte de lo que queda de campaña. También, pero lamentablemente menos, las propuestas estructuradas para recuperar a la ciudad.
Será una prueba de fuego para los expertos en mercadeo electoral, que tenemos pocos, incluido el ex alcalde Giuliani; en rumorológia, como el señor Rendón, y toda clase de “pitonisas” con fórmulas mágicas. Pero difícilmente, podrán cambiar sus argumentos a las dos tendencias de opinión que se han constatado en Bogotá desde los estudios de Vincent Goueset, hace ya décadas. Hasta hoy, una de ellas respalda a Gustavo Petro y la otra está dividida ¿Quién puede ganar? No es difícil decirlo, aunque 30 días en política sean una eternidad.

lunes, 26 de septiembre de 2011


De la pensión de la Cicciolina a la gasolina del senador

Por: Luis Carvajal Basto

Por estos días en que se observan con lupa los ingresos y gastos de los gobiernos, en razón de sus quiebras en muchas partes del mundo, saltan a la vista las verdaderas razones de sus desbalances.

El asunto pareciera tan sencillo como responder a dos preguntas: ¿de dónde sale la plata?, ¿en qué se gasta? En todas partes, la respuesta es la misma: incapacidad de las instituciones de gobierno para resistir a las presiones políticas. Una de las paradojas, en este difícil momento, consiste en que los Estados Unidos y Europa, epicentros del desarrollo industrial, tecnológico y económico, por décadas, se encuentran al borde del patatús.
Pero la respuesta no está en los números. No es un problema contable. De acuerdo con la conveniencia política, se trata de que se cobran pocos impuestos o se gasta demasiado, lo cual, en realidad, es un resultado de esos mismos intereses políticos al elaborar los presupuestos.
En Italia, por ejemplo, cerca de 2300 parlamentarios que pasaron por el Congreso tienen derecho a pensión, entre ellos la Cicciolina, quien recibirá cerca de 3000 euros por mes, lo que pasaría inadvertido si no fuera porque Italia, como España, espera la bendición de Alemania y la solidaridad de Europa para no quebrarse arrastrando a los demás al abismo. Las pensiones mal fondeadas, son una herencia negativa que dejamos a los ciudadanos del futuro, quienes nacen endeudados. La mesada de la ex  honorable, será pagada por ellos y es del todo legal, aunque no se compadezca con la realidad fiscal.
En Colombia, el presidente del Congreso ha dicho que su salario no alcanza para pagar la gasolina, a pesar de ser cuarenta veces superior al mínimo, lo cual puede ser verdad si se tiene en cuenta que una campaña al senado cuesta cientos de millones y la gasolina es una de las más caras de América. ¿Por qué los contribuyentes debemos pagar política y gasolina tan costosas? Si seguimos así, debemos prepararnos para incluirnos en la lista de países quebrados, lo cual hoy día no es el caso, a pesar de que el gobierno, oportunamente, ha refinanciado parte de su deuda, como lo ha hecho la semana anterior el de los Estados Unidos.
Allí, se ha abierto un debate acerca no de lo mucho que se gasta si no de lo poco que se recauda, llegándose a demostrar que muchas secretarias pagan, proporcionalmente a sus ingresos, más impuestos que sus jefes. El gobierno del presidente Obama ha contado con el análisis calificado de Paul Krugman, quien se ha encargado de probarlo, matemáticamente, poniendo en duda el carácter progresivo del sistema de impuestos norteamericano, en un momento en que los políticos republicanos, que no quieren más gravámenes,  se atrevieron a enviar una carta oficial al Presidente de la Reserva Federal pidiéndole que se abstenga de intervenir en la solución de la crisis.
Precisamente este suceso, nos ilustra acerca de una de las razones del apuro por el que pasan los gobiernos: la mala política  que se impone sobre los intereses de Estado.
Los intereses en juego, en el proceso de expedición de Leyes y la andadura de los gobiernos, se encuentran vinculados a los electorales y no toman siempre en cuenta el interés general,  si no el inmediato, grupal, partidista o  personal. En este caso, se trata de bloquear las iniciativas del gobierno Obama, de la misma manera que muchos están contentos en España con el débil talante y los malos resultados del tímido Zapatero: “no importa que el país se hunda si podemos acceder al gobierno”, pareciera ser el lema de políticos Republicanos y Populares.
La discusión acerca del tamaño de los gobiernos, los niveles de impuestos y la corrupción, parece irrelevante frente a los intereses de los malos políticos y su capacidad para imponerlos, al punto de llevar  a los gobiernos a la situación inédita de postración en que hoy se encuentran y  en que todos tenemos la obligación de defenderles. Es un asunto de supervivencia: por todas partes hay lobos, también disfrazados de ovejas, esperando  a que se enferme el pastor para caerle al rebaño.

lunes, 12 de septiembre de 2011


El falso dilema del presidente Obama

Por: Luis Carvajal Basto

Si sigue atrapado en la disyuntiva entre generar empleo o reducir el gasto público, no serán buenas las posibilidades de su nuevo plan ni su reelección.

Lo peor que le puede suceder a un gobernante contemporáneo es que las circunstancias, o lo que es más grave, la oposición, le impongan la agenda. Es el primer paso para comenzar a perder control sobre las variables que están a su disposición. Con esa estrategia, los republicanos han conseguido, en un año preelectoral, fijar los términos y las condiciones de un debate en que Obama no puede resultar más que perdedor.
Las persistentes malas cifras de desempleo son el principal problema de los norteamericanos hoy. A eso apunta el plan presentado al Congreso la semana anterior por el Presidente. El déficit fiscal, sobre el cual hace énfasis la oposición republicana, es el principal freno a las herramientas anti recesión de que dispone Obama. Peor que eso, para él y la economía norteamericana, han sido las consecuencias del mal manejado debate previo sobre el techo de la deuda y su impacto en la confianza y expectativas de quienes compran bienes y generan empleos.
No ha sido suficiente que Obama ponga en evidencia los efectos del que ha llamado “circo político” que le ha diseñado la oposición y del cual ha sido gustoso participante. Tampoco le ha servido recordar  que el déficit tiene que ver con la herencia de su antecesor y la crisis generada por una banca irresponsable. Luego de las debacles, en el ejercicio del gobierno no se evalúan excusas sino resultados y, en ellos, el Presidente lleva hasta hoy la peor parte, a pesar, como lo reconocen sus adversarios, de sus buenos discursos e intenciones. Se le empieza a calificar, por parte de la oposición, como un buen orador y mejor tipo, pero mal gobernante. Al permitir el juego en los términos que fijan sus contradictores, parece conforme con el papel que le han asignado en la telaraña de mensajes, al colocarse en posición francamente defensiva, apenas.
En teoría, la discusión pareciera dar círculos. Si para el gobierno la solución tiene que ver con estímulos fiscales que promuevan empleos  e incremento del gasto público, para la oposición ello no es posible por cuanto implicaría mayor déficit, el cual no se puede subsanar más que con nuevos impuestos  que frenan la inversión impidiendo la generación de nuevos empleos.
En la realidad, ocurren cosas como que si la baja competitividad o el alto costo de producir en Norteamérica no ofrecen buenas condiciones a los inversionistas, estos llevan sus capitales a la China o a cualquier otro lugar en que la rentabilidad sea mayor, lo que no puede hacerse con la mano de obra norteamericana, generando desempleo.
Lo que no va a ser posible para Obama, o para cualquiera, es  reemplazar, a término indefinido, baja productividad y falta de competitividad con estímulos permanentes a la producción. Es un esquema artificial que no se puede mantener  a perpetuidad, ni siquiera con el costo del capital acercándose a cero, como lo ha dispuesto la reserva federal. Mientras tanto, crece el déficit comercial con China, par y paso con el desempleo.
Más allá de la realidad económica, sobreviven y se imponen las decisiones políticas. Las últimas encuestas dicen que un 60% de los ciudadanos están a favor de eliminar los estímulos fiscales que el ex Presidente Bush otorgó a grandes inversionistas y solo un 37% se manifiesta de acuerdo en reducir el déficit solo reduciendo gastos y sin aumentar impuestos, como lo proponen los republicanos.
Aun no es tarde para que los sueños de Obama  y de muchos norteamericanos tengan una segunda oportunidad, pero tendrá que utilizar lo que le queda de mandato para tomar decisiones de gobierno que, a pesar del déficit, generen empleos, resolviendo el dilema falso de gastar reduciendo el gasto. El gobierno es para gobernar y su esencia no consiste en hacer debates. Al fin de cuentas, no se puede servir a Dios y al demonio, menos si este se presenta como lo que es: un contradictor interesado en ocupar la silla en que el presidente está sentado.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Tenemos nuevo carrusel



Por: Luis Carvajal Basto

Resulta muy inocente pensar que la corrupción en departamentos y municipios viaja por rutas diferentes a las que utiliza nuestro sistema de elección.

La denuncia del presidente Santos, sobre lo ocurrido en el proceso para elegir Alcalde en Cali, abrió una caja de pandora en nuestro sistema electoral. En un foro realizado la semana anterior, procurador y contralora echaron su  “cuarto de espadas” al debate, al señalar que el sistema requiere actualización, por encontrarse divorciado de nuestra actual realidad en la que, entre otras cosas, a la política la está financiando el Estado, pero a través de corrupción en los contratos públicos.
En cuanto a la obsolescencia del sistema debemos tener en cuenta que la elección popular de alcaldes y gobernadores, emblema de la democracia local, se diseñó con anterioridad a nuestra Constitución, como un acápite de la descentralización, la cual fue, y es, entendida por muchos como un asunto puramente administrativo.
Pero eso fue antes  de que los mandatarios locales quedaran en medio del fuego cruzado de los actores del conflicto, antes de la parapolítica y el asesinato de decenas de Concejales de pequeños municipios. Pudimos constatar allí un ejemplo claro de falta de autoridad del Estado y no de sus excesos, como algunos parecen pensar.
A falta de normas y recursos que la impulsaran, la participación ciudadana estuvo ausente del proceso, quedando cojo. La descentralización, además de autonomía en elección, competencias y recursos, requería y requiere de participación y veeduría ciudadanas. En ausencia de ellas, muchos mandatarios locales se han convertido en reyezuelos, ruedas sueltas del sistema político. No le falta razón a nuestro godo procurador.
De la mano con tal desbarajuste, marcha la corrupción. Los contratos públicos están financiando la política, ha dicho la contralora, lo cual es una verdad tan sabida como callada por todos, debiendo adicionarse que ha financiado, también, el conflicto, si es que este puede entenderse sin lo que ha ocurrido con la política.
Tenemos, entonces, que ante los ojos de todos ha  funcionado, de manera  tan impecable como “invisible”, este carrusel, el cual opera adjudicando contratos que permiten financiar la elección de mandatarios que adjudican nuevos contratos. ¿En verdad nadie lo sabía hasta que lo dijo la Contralora?
La pregunta que sigue es, después de lo visto en el caso de Cali, hasta dónde la corrupción ha permeado nuestro sistema electoral y lo que se pudiera hacer para detenerla, en lo que  sea posible, a escasos  dos meses de las elecciones, cuando muchas de sus cartas ya están jugadas y el engranaje del carrusel aceitado y operando.
Resulta tan cándido pensar que todo esto es responsabilidad del registrador como que nada lo es. Ante lo ocurrido se esperan decisiones más de fondo que remover un funcionario, entre otras cosas,  para salvar el propio pellejo de la organización electoral sobre la cual ha quedado un manto, insostenible, de duda. Después de las elecciones, como es costumbre, se esperan demandas de los perdedores, solo que, esta vez, estará en la mira la  propia institución electoral.
Mientras el país avanza en la lucha contra la corrupción, también electoral, y  maduramos una verdadera y actualizada reforma política, en manos del registrador y de nadie más, se encuentra una medida de precaución elemental y sencilla, pero indispensable,  luego de lo conocido: intercambiar los funcionarios de las registradurías departamentales y municipales en que exista la más mínima queja o duda.
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